Vivimos tiempos convulsos en la Iglesia Católica donde todo parece apuntar a que, en muchos lugares, se está perdiendo el rumbo.
No hay más que ver el estado en el que se encuentra la Iglesia alemana. O, por no viajar tan lejos, la propia Iglesia española.
Hace tan sólo unos días, todos pudimos contemplar cómo el cardenal y arzobispo de Madrid, el Sr. Cobo, en un alarde de catetismo modernista, decidió innovar gestualmente en la liturgia durante la Consagración. Y estos gestos, más o menos dañinos, también se dan en las pequeñas parroquias ante la inoperancia de obispos y arzobispos, sabe Dios debido a qué intereses.
En un universo religioso donde vemos a diario cómo se banaliza la liturgia con gestos inoportunos o con música inapropiada interpretada de cualquier manera -porque lo importante es que suene algo-; o sacerdotes que llenan sus homilías de chascarrillos y circunloquios o deambulan por el altar y el templo sin dirección aparente ante Cristo presente en la Eucaristía, curas como don José Antonio resultan una bendición providencial ante tanta decadencia.
Y es que, citando al cardenal Robert Sarah, «la vida del sacerdote debe ser un reflejo vivo del sacrificio de la Cruz. Cuando el sacerdote pierde el sentido de lo sagrado y de la oración, el pueblo de Dios queda desorientado».
Y ese era, precisamente, el modo de proceder de don José Antonio. Por supuesto, con sus aciertos y sus errores, pero con esa aspiración a tocar lo sagrado y lo santo como forma de vida.
Recuerdo que, inicialmente, su lentitud a la hora de celebrar la Sagrada Liturgia me ponía muy nervioso. No entendía. Pero entendí.
Entendí que la Santa Misa no es para el ser humano, sino para Dios, y para Dios no puede primar la prisa. Entendí que entre esos movimientos pausados pero metódicos de don José Antonio se cernía el Espíritu. Entendí que tras la comunión, mientras pasaba con minuciosa reverencia el purificador y recogía el corporal en busca del menor resquicio de la presencia real del Señor en la Eucaristía, resplandecía la verdadera libertad: esa que nace de servir fielmente al misterio, «porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Co 3,17). Entendí que don José Antonio no aprendió a ser párroco en su último destino, sino que los fieles aprendimos lo que debía ser un párroco viéndole actuar.
Sin duda, su nuevo destino será una prueba más del Señor, una nueva cara en ese cairel donde la cruz de Cristo refracta su luz. Y por él y por su nuevo ministerio rezamos.
Nos deja su ejemplo y su testimonio don José Antonio, el cura.
