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RESPIRAR

Una de las tareas que más disfrutaba como director de banda, hasta hace escasos meses, era escribir el texto «Saluda» de cara a las fiestas. Este es el último que escribí sabiendo que era el último:

Dirigir una banda, una orquesta, un coro o cualquier otra agrupación no consiste simplemente en levantar los brazos para dar una entrada, ni en moverlos para que los músicos te sigan. Los músicos, en última instancia, pueden tocar solos. Dirigir va más allá. Dirigir no es un acto mecánico: es una responsabilidad espiritual. Dirigir es asumir, en silencio, la carga última de un ideal filosófico y artístico que da sentido al sonido.

Porque la música no es un adorno ni un pasatiempo. La música es el arte que más se asemeja a la vida: nace y muere en el tiempo, pero es capaz de dejar una huella imborrable. Como decía Gustavo Dudamel, “la música es la respiración de una comunidad”. Pero para que esa comunidad respire unida, es necesario aprender a coordinar cada inhalación y exhalación. No hay sístole sin diástole, no hay día sin noche, no hay sonido sin silencio. Y no hay música sin orden.

El director, entonces, no impone, sino que sirve. Es quien escucha más allá del ruido y ayuda a que todos respiren juntos. Esa es su misión: reunir las voluntades dispersas y armonizarlas, no para brillar, sino para que la música sea posible. Para ello, cada músico debe poner su propio aliento -su esfuerzo, su técnica, su emoción- al servicio de algo más grande que uno mismo por encima de sus intereses particulares: la respiración común de la banda.

Aquí, en Urda, esa comunidad que vive y se expresa en forma de Banda Municipal está llamada a convertirse en un solo cuerpo que camina. Cuando la banda avanza por las calles en procesión o se dispone a ofrecer un concierto, no lo hace sola. Lleva con ella un pueblo entero, que se reconoce en sus sonidos y en sus silencios. Y esa banda debe ser, para su gente, símbolo de identidad, de belleza compartida, de memoria.

Pero nada será posible si en vez de buscar sentido, buscamos ruido. Nada será verdadero si lo que perseguimos es destacar individualmente o librar pequeñas batallas paralelas. Porque si nosotros no sabemos quiénes somos, nadie podrá verlo reflejado en nosotros. No tocamos para figurar: tocamos para ofrecer. Tocamos -seamos o no creyentes- para el Eterno, ese que es capaz de escuchar incluso cuando todos callan.

Y si con nuestro trabajo, con nuestra entrega silenciosa, conseguimos que alguien se emocione, que alguien eleve la mirada y descubra, aunque sea por un instante, el misterio de la belleza, entonces todo habrá merecido la pena. Ese será nuestro legado: dejar una marca profunda en el corazón de quienes nos escuchen, como reza el Cantar de los Cantares. Una marca que no se borre. Una música que, aunque desaparezca en el aire, siga resonando como verdadera belleza.