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«Elevemos nuestro espíritu a las cosas de arriba»

La visita del Papa León XIV a Madrid me pareció espectacular. La organización, la multiplicación de eventos… Ver a un millón y medio de jóvenes tranquilos, guardando silencio y rebajando el ruido ya merece la pena. Pero, de alguna manera, importaba el tiempo. Importaba estar en todo en todo momento. Y, sobre todo, parecía importar que lo que ocurría fuera, a la fuerza, de este tiempo.

Sin embargo, lo que ocurrió ayer en Barcelona, en la Basílica de la Sagrada Familia, no fue de este tiempo. Fue de la eternidad. Una vez comenzó a sonar la música en la Sagrada Familia el tiempo se paró. El tiempo fue sonido, el tiempo fue luz… y la luz y el sonido fueron solemnidad. Un reflejo de lo que ha sido, es y debe ser la Iglesia dentro del Templo: liturgia al servicio del encuentro profundo con Dios, y para que eso ocurra, hay una música adecuada. Decía Benedicto XVI que «si la liturgia se convierte en un espacio para la propia creatividad se destruye a sí misma». Precisamente ayer vimos lo contrario.

Vivimos tiempos de ruido, de tensión, de mediocridad y de experiencia estética por mero sentimentalismo.

Vivimos tiempos de contradicción, tanto dentro como fuera de la Iglesia, pero quizá dentro de la Iglesia nos chirrían más.

Si vemos lo que ocurrió ayer en Barcelona y lo comparamos con lo que acontece en tantas parroquias, podemos caer en el catastrofismo. Lo llamo ruido parroquial. Ruido parroquial porque, con guitarra e instrumentos de percusión en mano, cantamos al sentimentalismo, a la emoción por la emoción, pero no cantamos a Dios por Dios como sí ocurrió en Barcelona. Es lo que cantamos y cómo lo cantamos. Lo llamo ruido parroquial porque dejamos primar nuestra creatividad -seguramente no mal intencionada- por encima del simple engrandecimiento de la liturgia cuando la música debe actuar como un ministerio más. Y en esta prevalencia del nosotros por encima del Él, hacemos ruido parroquial cuando lo que necesitamos es silencio, oración y música al servicio de la liturgia, no del ser humano. Decía en la propia homilía el papa León XIV que «no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, sino es Dios quien nos da un lugar.» Quizá podríamos dejar de ser menos nosotros y buscar ese lugar que Dios nos da.

Gracias, Barcelona, por recordarnos que la Iglesia está en este mundo sin ser de este mundo. Gracias por manifestar que la tradición está viva, y que esta puede dialogar perfectamente con el presente si se cuenta bien.